Escuchar a las víctimas, observar minuciosamente sus procesos de resignificación y haber tenido el privilegio de que me enseñen que el acto de amor más radical es mantener la dignidad, ha sido un aprendizaje que nunca pensé que tendría el honor de recibir. El agradecimiento por su generosidad y su solidaridad al hacerme partícipe de sus historias nunca basta. Es por eso que trato de convertir la intuición literaria en una herramienta precisa que nos permita ser exactamente quienes somos y nos ayude a todos y todas a entender hasta qué punto los límites y las periferias en las que habitan millones de seres humanos son un recordatorio constante de lo mejor y lo peor que hemos hecho como sociedad. Con la seguridad de que la literatura salva y de que el pensamiento literario es un pensamiento de paz al que recurrimos de manera natural aunque muchas veces sin percatarnos de la poderosa herramienta que es. No importa qué tan cerca estemos de la literatura, como bien nos recuerda la escritora británica Jeanette Winterson: nuestro instinto de contar historias es anterior a nuestra necesidad de matar ballenas. Que así sea, que entendamos que somos capaces de vivir en consecuencia de esta verdad tan contundente.